Gonzalo Osés

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domingo, 3 de mayo de 2020

Recuperar la vida tras un Corona virus leve



Las comparaciones son odiosas, y la que no se aguanta ni cinco minutos es creer que el corona virus en modo leve, en casa, sin falta de aire que te invite a ir al hospital, pero con el resto de síntomas es como una gripe ¡Los cojones! 

Aquí tienes el enlace donde cuento mi experiencia de sufrir el corona virus en solitario

En mi caso, cuando un familiar de Covid se aburrió de maltratarme, he tardado un mes en recuperarme. Sí, porque te deja para el arrastre. Al quitarte las ganas de comer tu plato favorito por insaboro, unido a una fatiga de caballo. Llegas al final de la convivencia con el bicho, con la operación bikini ya realizada. A mí me quito los 4 kilos que había creado durante décadas de comercio y bebercio, para ser un lordzalamero.

El martes 31 de marzo, tras volver a mi temperatura normal de 35,6 y tras una semana sin casi síntomas, daba por concluida nuestra relación con Covid19. 

La sensación que tuve tras el Covid es recuperar ¡la VIDA! Sí, tal cual, volvía de un estado de fatiga física y mental extenuante. Levantarme de la cama, ducharme e ir a la cocina a desayunar en media hora, era como subir al Everest en helicóptero, volvía a ser un juego de niños, sin lobos en el camino en forma de sincopes. E incluso podía mantener una conversación por teléfono más de cinco minutos sin que me doliera la cabeza. 

El jueves 2 de abril, me atreví a entrar en ese cuarto que tengo por despacho, en mi casa, y poner el portátil encima de la mesa, sentarme enfrente, abandonando el sofá del salón. Fue curioso descubrir que cuando pones el portátil ahí, aparecen Outlook, Gmail, WhatsApp, y relegan a Netflix. 

Por la tarde, llamé a Mariajo Cano la mentora residente del coworking de la EOI y la Junta de Comunidades en Cuenca, para decirla que volvía al cole, a dar mis mentorias aplazadas por el Covid. Lo que no entendía es por qué en el cronograma de la siguiente semana aparecían el jueves 9 y el viernes 10 de abril como festivos. ¿Qué puente había en marzo si ya había pasado el día del padre? Mariajo me dijo que era ¡Jueves y Viernes Santo! Que fuerte, ya estábamos en Semana Santa…

El viernes 3 empecé mis primeras mentorias online de hora y media cada una, con Juan y Marta Luz. A pesar de mi cansancio, no sabes la gozada que fue poder estar unas horas hablando de algo que no fuera el corona virus. 

El finde recuperé el modo Neftlix, sofá y el portátil tomado por esta plataforma. No tengo tele. 

El lunes 6 de abril retomaba conversaciones con mis colaboradores, tanto de la startup de comida como con la productora de televisión, para pasar del modo charla de amigos a modo curro. 


El martes 7 y el miércoles 8 fueron dos días intensos, ya que enlace unas siete horas de mentoria online, más la video llamada diaria con mis padres, más alguna llamada más de móvil, que supusieron las 10 horas de atención plena de la cabeza, pensando que la vuelta al curro me sentaría bien.

Por lo menos, me sentí útil al ayudarles a crear estrategias comerciales gratuitas, a partir de las respuestas que les habían dado sus potenciales clientes, en el ejercicio de validación de su negocio que les había planteado. Estrategias que la mayoría podían poner en marcha en pleno confinamiento. 

El jueves 9 me centré en mi startup de comida, y a última hora me di cuenta que tocaba pagar el IVA del trimestre anterior, y la clase que di en marzo en el coworking de Cuenca, había que presentarla. Un efecto raro del post covid es que se me había olvidado el procedimiento de las facturas de la EOI, y mira que las llevo haciendo cuatro años. A lo mejor, influirá que llevaba desde octubre sin emitir una factura por el accidente que tuve en septiembre, pero normalmente en cinco meses no te olvidas de respirar. 

Hasta a mí me parece exagerado escribir esto, pero si sobrevives al entreno de un Covid, te obliga a un reseteo vital. Ves la vida de otra forma, e incluso te borra rutinas que tenías aprendidas. 

Del viernes al lunes estuve enfrascado en la propuesta comercial que le debía a un cliente, que aceptó posponer por mi estado con el Covid.

Martes y miércoles, startup de comida, donde nos dimos cuenta que tras unas semanas de shock volvíamos a tener una oportunidad en este nuevo mercado, a partir de julio. Así que tocaba y toca correr, para estar operativos. 

El jueves 16, tras 12 horas mirando el portátil, por mentorias online, videollamadas de otros clientes, me empezó a doler la cabeza, y empecé a sentirme de nuevo cansado, se me empezaba a hinchar el parpado inferior del ojo derecho y volvía a tener fiebre. Para colmo, saltaba la noticia en Korea del Sur, que 91 personas que habían superado el covid ¡volvían a dar positivo!

En teoría ya había pasado las dos semanas de cuarentena postcovid, pero con este bicho hay poca información de qué pasa luego. Así que me volví a armar de paciencia, por si fuera un latigazo de Covid, tan propenso a pegar un gancho de izquierdas cuando crees que ya todo ha pasado. Lo bueno, es que la curva de los hospitales se empezaba a aplanar y la sanidad pública entraba en una fase meseta. 

El finde el ojo y la fiebre fueron a peor, volviendo a un estado fatiga. Lo que me llevó a whatsaapear de nuevo a mi sobrino Juan Pedro por si era una blesfaritis, ya que decían que el Corona se podía manifestar por una conjuntivitis… Me dijo que no me preocupara, y que si seguía así en unos días que le diera un toque. 

Como nos aprisiona el miedo en nuestra mente. Mis padres me convencieron para que llamara a mi médica de cabecera del ambulatorio al lado de mi casa. Ahora que se había aplanado un poco la curva, quizá no les supiera mi presencia un estorbo. Porque con la que hemos vivido, lo último que quería es molestar a equipo sanitario de mi barrio donde vive mucha gente de la tercera edad. 

El martes llame por teléfono al ambulatorio y una de opciones era si tenías o habías tenido Covid, la persona que me atendió al decirla que tuve sincopes, me dijo que me llamaría mi médica. La cual, me llamó a las pocas horas. Me comentó que sería un orzuelo, por tener las defensas bajas y tantas horas de portátil, pero por si acaso, que fuera físicamente a su consulta, para descartar otras cosas. Y me dijo, intuyendo mi miedo a volver a pillar el covid, "tranquilo en la entrada te pararan y luego la sala de espera está vacía". 

El miércoles 22 de abril, más de un mes después de aquel 17 de marzo que sali de casa a la farmacia a por Paracetamol, volvía a salir de casa, y por causa mayor, que yo estaba mi a gusto en mi casa, ahora que había recuperado la pasión por la vida. Lo llaman síndrome de la cabaña, unido a que mi primo Pablo me traía la compra semanal y mi dosis de hummus, al cual me he vuelto adicto tras convivir con Covid, ¿será por el sabor a vinagre que me recuperó el gusto?

Ponerme la mascarilla ffp2, los guantes, el chándal, la sudadera, abrir la puerta de mi casa, bajar en el ascensor, caminar por el portal, mirar a la calle, ver que no hay nadie, abrir la puerta y salir.

Camine con paso decidido hacia el ambulatorio, de vez en cuando me cruce con algún perro paseando a su dueño, y en el semáforo las cuatro personas que aguardábamos para cruzar, intentábamos dejar unos metros entre nosotros. Al ver algunos coches parados en el semáforo y ver que sus conductores llevaban mascarillas, era consciente que seria.

Al llegar al ambulatorio veo gente con mascarillas esperando, pero a mi pregunta de si es la cola, no responden, así que me meto hasta la mitad de un túnel de 10 metros, ahí, un sanitario me para me dice que me ponga bien la mascarilla, y me pregunta a qué voy. Saco mi tarjeta sanitaria, le explico que tengo hora con mi doctora, y me dice que espere fuera, en la calle, ya que mi médica tiene una urgencia. Al rato aparece una ambulancia del Samur con sanitarios con EPis, pantallas y maletas, ¿será la urgencia de mi médica?

En la calle, me alejo de los demás unos metros, y me pongo a andar tres metros de ida y vuelta. Hace un mes que no ando fuera de casa, y había que disfrutarlo. Miro a derecha, a la izquierda, hace un día maravilloso, que sol y alucino con lo lejos que está ese cielo azul sobre mi cabeza. Entre los edificios y él caben pájaros volando, nubes y otras nubes, ¡qué pasada! Cuanto cabe ahí. Sí, sé que es el cielo, pero llevó un mes sin que mi mirada mire más allá de mis 30 metros del patio al que da mi casa. 

A la media hora, me vuelvo a aventurar a meterme en el túnel, y al llegar al control, me dice que pase a la sala de espera que mi médica ya está libre. Me impresiona ver el espacio al que dan todas las consultas, de unos 40 metros d largo por 20 metros de ancho, completamente vacío, solo estaba yo, y mis circunstancias. 


La consulta con mi médica fue genial, me dijo que era un orzuelo, me mandó una pomada, y ponerme calor. Me entró tanto placer, y satisfacción al saber que en principio el bicho no era el causante a priori, si no, el estrés de reengancharme al curro con las defensas bajas que me llene de alegría, y se me pasó preguntarla si había una lista de espera para hacerse test algún día. Bueno, daba igual, volvía a estar vivo y con una preocupación menos. Para que luego tu miedo no me bombardee el WhatsApp o el Messenger, decirte que no me hizo una prueba, si no que por la exploración que hizo y por mis síntomas vio que era un orzuelo. 

Fue curioso, que hace justo un año, ella me planteara que tenía que adelgazar, pues bien, gracias al Covid, conseguí quitarme los últimos kilos, y pesaba 12 kilos menos que hace un año. Estando en mi peso ideal para estar sano, aunque echo de menos mis lorzas de tanto comercio y bebercio.

Compre la pomada en la farmacia, y antes de volver a casa, baje la calle para ver los árboles y el césped de una plaza cercana, necesitaba ver naturaleza de verdad, no solo por el Netflix. Me acabe abrazando a un árbol para sentir la energía del planeta. Puede que estuviera 10 minutos en esa plaza en la que suele haber un montón de abuelos con sus nietos. Alucine como la naturaleza, estaba cubriendo los adoquines, y cómo me sentía que estaba haciendo algo ilegal, aunque no hubiera nadie, me fui para casa. 

Con la pomada, y agua caliente el orzuelo se fue retirando. También me auto impuse una dieta de mirar menos horas las pantallas. Lo cual, es jodido, porque al vivir solo, me paso un montón de horas mirando al móvil. O como ahora que llevo tres horas mirando el portátil. También whatsappee a mi sobrino para decirle que las aguas volvían a su cauce. 

Seguí en mi casa, y ayer volvía a salir a la calle para ir a hacer la compra, lo cual, para mi suponía un reto, otra vez ponerse la mascarilla, los guantes y al salir al portal, ver que había runners, footineros y paseantes para arriba y para abajo de mi calle, pero guardando la distancia de seguridad al tener una acera de seis metros. Cuando me lance a la calle tras una pareja que marchaba a buen ritmo, me pareció ser parte de una colonia de hormigas, unas en una dirección y otras de vuelta. 

La cola de espera para acceder al súpermercado, fue corta, y al cuarto de hora estaba dentro. Molaba volver a comprar en mi supermercado, y esta vez hice caso a mi madre y me compré algún capricho culinario, (mira el hashtag #nosolopapas en Instagram).

A la salida del súper como ya era más de las 10 y pico, todos los deportistas habían desaparecido, y mi calle volvía a ser un desierto. Al llegar a mi portal, me di el lujo de regalarme cinco minutos viendo los arboles de mi calle. 

Moraleja, cuando convivas con el Covid, en los próximos rebrotes, tómatelo con mucha calma, y paciencia, y cuando se aburra de ti y acabe vuestra relación, no te obsesiones por saber si queda algo de él en ti. Tan solo, se responsable sigue aprendiendo a aguantarte a ti mismo en tu casa, y si sales, respeta la distancia social, lleva mascarillas y guantes. En lo mental, recuerda que Covid no es una gripe, y si te reenganchas mi rápido al curro, con las defensas muy bajas como me pasó a mí, puedes tener una pequeña recaída. 

Tras covid no vale aplicar las normas de antes, donde centrarse en el curro, no te aleja de ti, y de tus preocupaciones. 

Tan solo un deseo,

¡Ánimo por la vida! 

Como la que representa el tomate que encabeza este post, y me trajo mi primo Pablo. 

Muchas gracias.






domingo, 26 de abril de 2020

Sufrir un corona virus leve en solitario



Vaya por delante que el Covid19 es un asesino que se ha llevado al gran y afable motero Emilio Moline, a las madres de Javi y Elena; a los padres de Chema, de Juan y de Carlos, y ha tenido a David de 42 años dos semanas sedado en la UCI, pero ya empieza a mejorar; también ha sacado lo mejor del padre de Mónica para escapar del bicho, y volver a poder disfrutar de su hija y su nieto. 

Desde aquí todo mi cariño, mi respeto y admiración por esos miles de sanitarios españoles que no dudaron en ayudar sabiendo que se iban a contagiar, cuando no había un mínimo de EPIs, al contrario que muchos sanitarios europeos que hasta que no tuvieron los equipos no se expusieron al bicho. Vuestros compañeros europeos os llaman los kamikazes, para mí héroes. En especial a mi sobrino Juan Pedro cirujano de un hospital de Madrid, que siempre ha estado al minuto de enviarle un WhatsApp dándome siempre tranquilidad.

También agradecer al personal de los supermercados su trabajo, y en especial a mi primo Pablo, por hacerme la compra semanal durante este mes, entre corona y postcuarentena. Era un regalo hablar cinco minutos en directo con una persona que está a cuatro metros, en vez de en el móvil. 

Agradecer a Mónica Lalanda las tres ilustraciones que acompañan mi post, y que tanto me han ayudado para gestionarme. La foto que encabeza este post es un regalo por mi tercer cumple mes, de Manu uno de mis compañeros de la rehabilitación anterior a todo esto, que la acabe un mes antes de pillar el bicho. 

Dicho esto, y pasada ya un tiempo prudencial vuelvo a mi blog, a narrarte cómo he vivido compartir piso con Covid durante unas semanas. Pido perdón si hiero el sentimiento de alguien. Han pasado unas semanas y ya conozco a una decena de personas que lo han pasado más o menos como yo en modo leve. Pongo las tres viñetas que a mí me han ayudado más para entender lo que tenía. 

Lo que he aprendido de esta experiencia es ¡HUMILDAD!

Me contagie por chulo y bravucón, aunque veía lo de China, e incluso Italia, en mi actitud prepotente de primer mundo, recluido en la burbuja europea, no creía que fuera más allá de cómo fue el Ebola, ¿te acuerdas del nombre del perro que sacrificaron? De hecho, me atreví a escribir en este blog que, si convocaban el estado de sitio, me lo iba a saltar… gilipolleces de un inconsciente. 

El miércoles 11 de marzo creo que se suspendieron las clases en Madrid, pero yo tenía una reunión muy importante el jueves 12, y no sabía lo que era Zoom. Tuvimos la reunión en una oficina separándonos más o menos un metro, después me fui andando a una mentoria que tenía del SEKlab, estaba vez una comida en una terraza y por si acaso, no toque nada que tocaría la otra persona a un metro de mí. Por suerte, no se la contagie. 

El viernes 13 en el chino al lado de mi casa, vi que vendían guantes desechables, un mascarillas, y entre todas había unas que decía que eran mejores por ser ffp2, a 8 € la mascarilla, las cuales compre, ya que siempre compro lo más caro, aunque no tenga ni idea el por qué de esa abismal diferencia, las de tela costaban 1 €. Y con ella y los guantes me fui a comprar mientras se declaraba el estado de alerta. La gente me miraba raro. 




El domingo 15 decidí que desconectaba de la radio, los periódicos y las redes sociales, menos mal que no tengo tele. Me centré en mí, en comprender que me iba a pasar un tiempo encerrado en mi casa de 70 metros cuadrados mirando a dos patios. Lo bueno, es que teletrabajo desde hace una década. Además, tenía varios proyectos por delante que se podían trabajar desde el portátil. 

El domingo por la tarde, al mirar un mail de curro, vi que una de las personas que había estado en la reunión del jueves, nos decía que su mujer (médica) había dado positivo en corona virus, y lo más probable es que él también lo tuviera… Menos mal que lo leí el domingo por la tarde donde ya había tomado la decisión de alejarme de la exaltación mediática.

Lunes 16, todo bien, sin ningún síntoma, por si acaso me empecé a tomar la temperatura con dos termómetros. Intentaba con el curro distraerme del miedo que tenía a desarrollarlo, porque esos días la información daba pánico, solo había ejemplos de UCIs desbordas y fallecidos, pero de pasarlo como una “gripe” nada de nada. Así que, reconozco que me la espera, o la expectativa me iba estresando por momentos.

Negar al Covid19

El martes 17 después de comer, me empecé a sentir cansado, me dolían los músculos de la espalda, y tenía escalofríos, me toqué la frente y estaba caliente… Me tome la temperatura y un termómetro me daba 37,4 y otro 37,6… ¡Mierda! Pero esto no es fiebre, son unas décimas… Con los días descubrí que mi temperatura es de 35,6 con lo que eso era como tener 38 y pico, que ya sí era motivo de preocupación. Esta vez, mi ignorancia, para compensar mi bravuconada de la semana pasada, me salvó de no agobiarme más y tomármelo como una fiebre suave… Como ves, ya estaba en modo pensamiento positivo. 

Busque Paracetamol, pero no había en casa, menuda forma de acumular provisiones la mía. Salí a la farmacia de mi calle, con la mascarilla y los guantes, comprar, dar las gracias y caminar de vuelta 100 metros a mi casa, por una calle vacía que solo vi a dos o tres repartidores y otros perros paseando a sus dueños humanos. Eso en una calle de tres carriles en cada dirección da la sensación de desierto. En ese momento no pensaba que me pasaría más de un mes sin salir de mi casa. 

El miércoles 18, la fatiga se va adueñando de mí, levantarme, andar tres metros para ducharme empieza a ser una tarea que me cuesta hacer. Encima, como autónomo tengo una manía que es solo tomar paracetamol cuando la cosa sea insostenible, creyendo que si me atiborro pierde el efecto… error, con el paracetamol no hay memoria del cuerpo. Así que creyendo que hasta que no tuviera 38 no me lo tomaría, pase una tarde del miércoles fina con 37 y pico. 

El jueves 19 en la video llamada que tenía diaria con Jaime mi socio de la srtartup de comida, me saca a dudas, y me dice “deja de negarlo, tienes un cuadro leve de Corona, mira ha salido esta web app para autoevaluarte, y toma todo el Paracetamol que veas que no tiene efecto memoria”. ¡Gracias Jaime! A la comida, empecé a tomar Paracetamol y menos mal porque a las cuatro y media de la tarde, antes de la video llamada con mis padres tenía 37,6 de fiebre, con paracetamol incluido… Ese día volví a escribir en el blog, por ser mi sexto cumple mes tras el accidente de moto de septiembre. Me obligue a escribir, pero pase de enviárselo por WhatsApp a mis amigos, aparte, estábamos todos muy saturados de tanto mensaje alarmante. 


El viernes la fiebre no pasó de 37,6 que tuve antes de comer y tomarme el paracetamol. El cual, estaba haciendo su trabajo y la mantenía por debajo de 37. Seguía cansado, a lo que se unía que toda la comida me sabia igual, insípida, ¡a mí! Que tengo el hashtag de comida en Instagram #nosolopapas. Tela. Daba igual lo que cocinara, hasta si le echaba pimienta jengibre y ajo, que aquel guiso no sabía a nada. 

Ese pequeño respiro del viernes coincidía con lo que me llegaba que eran tres días hecho una mierda, un cuarto más sosegado, que el quinto se complicaba y luego se iba poco a poco… 

El sábado 21 en efecto los 37 de fiebre los tuve desde las 8 de la mañana, por mucho paracetamol que me tomara cada 6 horas… 

Mi rutina consistía en dormir 8 horas, despertar, tomarme la temperatura, apuntarla en una hoja, dar las gracias porque la fiebre no subiera, ni tuviera tos seca, y sobre todo por no tener falta de aire, porque eso me llevaba a irme a un hospital con la que había liada. Me sentía ayudado por la autoevaluación que me hacía cada 12 horas en la web app de asistencia Corona Virus de la Comunidad de Madrid para autoevaluarte. Además, varios días que me salía “sintomatología compatible con corona virus en modo leve”, me llamó una amable persona, para ver cómo estaba. Agradecer la paciencia infinita de esa profesional, porque me dejaba explicarla con pelos y señales cómo me encontraba. Agradecía que me escucharan. 

Me costaba convencerme de levantarme para ducharme e ir luego a desayunar. Entre que me auto convencía y lo realizaba pasaban dos horas. Luego sesión mañanera de Netflix alternada de leer algún WhatsApp, leer Twitter, y Facebook. Levantarme, ir a la cocina a calentarme comida insípida, volver al salón y otra sesión de Neftlix, video llamada con mis padres, y otra vez series hasta las ocho de la tarde que conseguía ponerme de pie para aplaudir por la ventana. Hubo un día que me costó bastante estar aplaudiendo más de un minuto, y lo tuve que dejar. 

Soy un conector, y una cosa que me llenaba de alegría cada día era cuando localizaba una noticia en las redes sociales o en mi WhatsApp de necesidades de alguna residencia o colectivo y se la hacia llegar a Mauro cuya empresa está ayudando de forma desinteresada. O enviar información interesante a periodistas, o conectar a una persona necesitada con la que se lo podía solucionar. 

El domingo 22, la cosa fue bien, sería mi cabeza auto convencida que ya se estaba pasando, otra vez la rutina, y cada vez comiendo más pasta por lo fácil que es cocinarla y comerla.

Lunes 23
Amanecí con los consabidos 36,7. Esa mañana me dio pereza seguir la rutina, y me quedé en la cama, sin desayunar ni tomar el paracetamol, prefería quedarme en la cama que anda 10 metros a la cocina… A las dos de la tarde, me levanté, y me fui a la ducha con el objetivo de poner un poco de orden en mi vida. 

Tras ducharme me sentí muy muy muy cansado, mucho más que estos días, podía ser una bajada de tensión, cogí la pesada toalla y…

… Notaba agua caliente por mi cara, abrí los ojos y vi las cortinas de la bañera, y el techo, y el grifo abierto al lado de mi cara. ¿Qué hacía tumbado en la bañera? Me puse de pie, salí de la bañera y…

… Abrí de nuevo los ojos y veía el techo del baño, estaba vez estaba entre el wáter y el bidé, ¡mierda! Me había vuelto a desmayar. Al levantarme vi que había movido a la tapa de la cisterna y doblado el soporte de hierro donde pongo el famoso papel higiénico. No sé con qué le daría, por lo menos la cabeza no me duele. Conseguí levantarme, y sin secarme, me fui a hacer la travesía del desierto, esos 10 metros que me separaban de mi nevera, donde comería chocolate para meter azúcar en mi cuerpo…

…Tengo frio en la espalda, abro los ojos, y veo mi cocina, al parecer estoy sentado en el suelo, apoyado en la pared. No hice el esfuerzo de levantarme, tan solo, me quedé un rato tirado en el suelo a medio metro de la nevera. Aceptando que el Covid19 hacia conmigo lo que le daba la gana. 

Ahí aprendí una gran lección de humildad, y empecé a pensar que el bicho estaba diseñado en un laboratorio, porque jugaba con la mente humana, cuando parecía que se iban los síntomas, y te relajabas, te daba un zasca en el alma. Se vale de una excelente estrategia que es quitarte las ganas de comer, con lo que es más fácil atacarte al servirse de tu debilidad, además, a mi me dio por tener diarrea, así que era bastante rollo comer para echarlo en unas horas. 

Sentado en el suelo, whatsappee a Juan Pedro, cuya respuesta fue clara, "¡come! Y mantén una rutina de 5 comidas al día y Paracetamol, y si te falta el aire y no te atienden en el teléfono de urgencias me llamas". Después busque en Google "desmayo Covid" y me encontré las viñetas de Mónica Lalanda que me siguen acompañando. 

Me levanté, abrí la nevera, alcancé el chocolate, partí unas onzas y me comí. Seguido, empecé a calentarme comida, estaba vez un brócoli que me diera energía. Casi no esperé a que se cociera y me lo comí con mayonesa ahí de pie frente a la encimera, en pelota picada y sin secarme el agua de la ducha. Tras comer, y tomar el paracetamol, y la videollamada diaria con mis padres, la fiebre volvía a 37,7….

Desde ese momento, me volví firme en las comidas y el paracetamol intentando ponérselo un poco más difícil. Incluso empecé a merendar, y comer lo más posible frutas y verduras en vez de pasta y pan. 

Se ve, que el bicho se aburrió de jugar conmigo como si fuera su sparring. A partir del día siguiente, fue bajando la fiebre, empecé a recuperar algo el sentido del gusto, y poco a poco fui recuperando fuerza física. 

El miércoles 1 de abril volví a los 35,6 grados de temperatura.

Por delante me quedaban otros quince días de cuarentena sin salir de casa. De nuevo, gracias a mi primo Pablo que me traía la compra semanal. En esas semanas aproveche para recuperar curro atrasado de mis mentorias online de la EOI. Las cuales también han tenido su intríngulis en mi salud, pero tras salir después de un mes de casa, para ir a la médico y ver que era por estrés y tener las defensas bajas, en vez de por el Covid19, pues ¡Alegría por vivir!

Mis conclusiones:
-       Me ha servido para ser más humilde, ahora estoy aquí, a lo mejor mañana no estoy, y si fuera así, cero reproches, vivir y ser hoy en plenitud, que las limitaciones físicas no me doblegan.

-       Qué bello es vivir, y tener fuerzas para andar por casa, y hacer las tareas de la casa. Y sobre todo compartir y preocuparte por tus seres queridos. 

-       No me arrepiento de haberlo pasado en solitario, así no contagie a nadie, y en los momentos complicados al desmayarme, la primera y la segunda caídas  seguramente hubieran pasado igual estando acompañado o no. ¿os ducháis con vuestra pareja y la puerta del baño abierta? El resto del tiempo me he sentido muy acompañado por mí mismo, mis padres, Mur, Jaime, Juanpe, Pablo y Mauro. 

-       Sobrevivir al covid19 depende de la carga vírica que contacte contigo, tus genes, tus enfermedades, la actitud positiva ayuda a ralentizar el miedo, y hay algo más que todavía no sé lo que es.

Un abrazo, muchos ánimos, y sobre todo mucha paciencia contigo mismo, con el bicho, y con tu entorno que está tan a verlas venir como tú, y reaccionaran de la forma que menos te esperabas para bien y para mal. 

Es la vida, vivámosla como un regalo que es, el tiempo que estemos aquí amando más y odiando un poco menos a los que no comprendas. 





jueves, 28 de marzo de 2019

Feedback libro “Mi vida con reiki”



Pocas veces estás ante un libro que refleja una persona, sin el afán de convencerte de su verdad, tan solo, cumple lo que anuncia, “Mi vida con Reiki”lo cual, es digno de agradecer a su autora Berta Velasco

Así mismo, es un acierto, la portada gomosa que permite acariciar este libro, mientras sus palabras resuenan en nuestra alma cual cuencos tibetanos. 

Si buscas en su interior cómo auto hacerte reiki en cinco minutos, no lo encontraras, de hecho, la clave es dejar de buscar para que te encuentren. 

Las aportaciones de Berta son muchas, desde su humildad a los cinco principios del reiki, pasando por unas aclaradoras explicaciones sobre qué son los registros akashicos, el coaching y sobre todo por su forma de hacer meditaciones guiadas, por lo que a poco que pares a la vera de sus páginas, la energía del amor te encontrara a ti. 

Decirte, que aplico los 5 principios del reiki desde que lo leí, y desde el día siguiente, un mal hábito que tenía se ha esfumado, ante mi asombro. 

jueves, 6 de julio de 2017

Humildad


Muchas de las personas que se apuntan a las diferentes lanzaderas de empleo GO2work de la EOI (Escuela de Organización industrial) con Fondos Europeos al Empleo y con una administración como socio local, van con el chip del ex asalariado, de que les vamos a ayudar cual varita mágica, y facilitarle los contactos para que monten su idea de negocio, que mira tú por donde, casi nadie la ha puesto en práctica todavía.

En cambio, se encuentran con unos profesores que les dicen que “el cliente siempre tiene la razón” y por primera vez en un par de siglos hay que hacerle caso. Atónitos, se quedan cuando se les dice que salgan a la calle a validar su producto mínimo viable al no ser el profesor en la mayoría de los casos su cliente potencial. Y es que la educación empieza a cambiar, el profesor y los mentores de proyecto y residente son catalizadores de la experiencia, pero no los amos y señores del conocimiento.

Con todo ello, es admirable la actitud que demuestran, intentando dejar atrás a su cerebro límbico que les potencia el miedo a hablar con el éxito, perdón con el cliente, al salir a validar su idea de negocio, y ver si van por el camino correcto, o si tienen que iterar o pivotar cual Uber eats.

A todo ello, se une la tremenda lección de humildad que nos dan a los de la capital con tan sólo su actitud. En Madrid es muy fácil encontrar gente con tus mismas inquietudes, por la misma razón, es todavía más fácil estar rodeado de decenas de personas y sentirte sólo, cual espejismo de las redes sociales.

El caso es que he estado esta semana en las lanzaderas del programa GO2work en Castilla La Mancha de Iniesta, San Clemente, Guadalajara y Tarancón, y rápidamente te das cuenta que en vez de burbujas startuperas para pillar cancerígenas rondas de financiación, tan de moda en los ambientes viciados madrileños, aquí se trata de emprender para conseguir un empleo o para crear una nueva línea de negocio con objetivos reales y palpables, y sin visos de vender el oso antes de cazarlo.

A su vez, todo es más práctico, más sencillo, quedándome maravillado de la cintura al sacarles a validar un producto mínimo viable a la semana de empezar el coworking y sin avisar que iban a hacerlo en la calle al no ser el profesor su cliente potencial. Lo sorprendente para ellos, es que el 60% encontró un potencial cliente que les dio sus datos de contacto. La guinda del pastel se la llevaron los de Iniesta con records donde hubo personas que en media hora hablaron con más de una decena de personas y consiguieron uno o más clientes. Ahí también alucine al encontrar entre los alumnos al mejor Stunt (acrobacias en moto) español, Emilio Zamora vestido con una humildad absoluta, para aprender a montar una nueva línea de negocio (ropa) con su marca.

Conclusión, lean startup no viene a enseñar nada nuevo, si no, a recordar la máxima que la experiencia en contacto real con el cliente es un grado. Como nos recordaba Ernesto del Valle la semana pasada en el coworking de Guadalajara, lo importante no es qué se vende, si no cómo se vende, y este martes Ángel Garrorena les enseñaba a bajar a la tierra un proceso de ventas con planificación, ejecución y medición centrado en el cliente, porque cómo dice él “el cliente no se destruye tan sólo se congela”.